Quiero una muerte en la que me pueda llevar el cuerpo
Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio realizaron el siguiente reportaje al fundamental artista barranquillero que ilustra el No. 11 de la revista Común Presencia. Durante toda la conversación es notable su capacidad reflexiva, su profundidad filosófica, su extraordinaria fuerza para asumir el arte, su talento y rigor que lo han convertido en uno de nuestros imprescindibles.
La sentencia de Rilke de que todo ángel es terrible, en Loochkartt tiene una ejemplar correspondencia. Este ángel nocturno que ha buscado la transparencia y lo humano en los múltiples universos que pinta, dignificando los marginales mundos de prostis y travestis que enriquecen a la noche, es también un demonio solar que encuentra oscuridad y angustia en los rostros de mujeres del renacimiento, en sus bodegones de frutas podridas y flores marchitas, en sus girasoles embriagados por la luz, en la intensa desnudez de sus milenarias mujeres etruscas, en la lúdica de sus gatos dorados, en el gesto suspendido de las amadoras de Bolívar, y en los amarillos y azules recién inventados.
Es ángel en lo cristalino de su pensamiento, en sus profundas búsquedas donde el color asciende a su punto de peligro, en la desgarradura que le propina su acuciosa reflexión en víspera de un nuevo milenio; y demonio, cuando plasma al hombre de rupturas, al rebelde permanente, al ángel angustiado, al irónico sutil que no da tregua; en fin, al ser de linderos, de riesgos y de alquimias...
Puntuales golpeamos la sólida puerta marcada con el número 1-00, de esta casa de cuatrocientos años que en la época de la Colonia era el comienzo y fin de Santafé de Bogotá, y nos abre una mujer traslúcida y delgada conduciéndonos a la sala de espera, donde hay un piano tocado por fantasmas, cuadros, ángeles y flores. El pintor aparece con un gesto de alegría acompañado de un french-poodle y un dálmata, que con ladridos comparten el efusivo saludo de nuestro encuentro. Inesperadamente se escucha la voz de un niño que exclama: ¿qué hago con estos perros? Y Loochkartt contesta: ¡métalos en la nevera!
—Pintor es el que pone en crisis a la luz... —comienza diciendo—. El lienzo en blanco es un cadáver que debemos resucitar... Y es tan difícil lograrlo... Artista es quien puede ver un color desde el lugar de otro. Es quien observa el amarillo desde el rojo para poder encontrarle un sentido inesperado.
Nos invita a seguirlo. Nos enseña esa antigua y hermosa casa donde sus pinceladas han viajado por ventanas, puertas, muebles, e incluso por la licuadora, el televisor y la cocina.
—El tiempo del deseo y el de los quehaceres no se fusionan. Aquí hay una distancia abismal que no se corresponde, por eso es esencial la soledad para el artista. Yo soy un anacoreta, pero al mismo tiempo, imagino lo que está sucediendo afuera. Esa realidad es la residencia del hombre. Sin embargo hay gente que sólo se nutre de lo que vive, pero quien está encerrado puede producir aromas y colores que surgen del interior y que son más reales que la misma realidad; porque cuando las cosas están dadas hay que reinventarlas, la realidad hay que intervenirla, y esa es la crítica frente a lo que existe. Perdonen mi divagación... A veces me dicen que mi apellido viene de loco pero en verdad, en holandés, significa papel rasgado —dice sonriendo.
Con excesiva minucia Loochkartt observa nuestros libros de poemas y revistas que le hemos regalado, y va realizando comentarios. En la sala vemos un retrato clásico de sus hijos gemelos, un pequeño pegaso de bronce, un enorme harpón de hierro africano, una antigua cítara, y en el fondo cuadros de sus travestis alados.
—Vamos a comenzar con estas uvas y después acudiremos a su líquida alma—dice mientras se levanta para alcanzar una bandeja con un racimo que va desgajando en un acto que se convierte como en el ritual de unas manos acariciando un cuerpo—. El pan y el vino son los únicos inventos que verdaderamente me deslumbran. Han pasado miles de años desde que el hombre domesticó el trigo y la vid y no se ha inventado nada más importante.
Se queda pensativo y comenta:
—Ya se avizora un nuevo siglo, un nuevo milenio. Es extraño pensar en el transcurrir. Mi pintura es una mirada en el tiempo, creo que eso es suficiente... Me agrada imaginar que después del año 2000 algún crítico obtuso y oficial cuestione algo sobre mi obra para poder decirle: su pregunta es anacrónica, eso lo hice en el milenio pasado.
Loochkartt se ríe infantilmente. Luego propone que lo acompañemos al estudio. Entonces subimos por una estrecha escalera de caracol y nos encontramos en un altillo que posee una hermosa vista sobre el antiguo barrio de la Candelaria. El pintor no cesa de reflexionar:
—Esta es una época decadente. Como los amigos se han ido de viaje en Internet ya uno nunca los encuentra. Es una Edad ignominiosa. Por ejemplo a Michel Jackson yo lo encerraría en una jaula, es el producto de cómo no debería ser el hombre. Se convirtió en un híbrido de todos los híbridos del mundo. Por eso me asusta más Jackson que Frankenstein. Estos son los monstruos del siglo XX, los jinetes del apocalipsis; y como todo se está desmoronando y uno no sabe lo que pasará, el 31 de diciembre del 2000, frente a esta casa trazaré una raya en el piso, y cuando sean las doce de la noche saltaré al otro lado diciendo que soy un hombre del siglo XXI y todo estará arreglado. Diré también que todos mis amigos son del siglo pasado; por eso ahora firmo mis cuadros: pintor al borde del siglo XXI.
Pintura en el tiempo
—Yo le digo a mis estudiantes que la pintura es como la idea del jabalí móvil, le disparas pero no hay que matarlo, porque si lo matas estás muerto. Sobre una misma idea, construyes todas las ideas. Por eso en pintura no se murieron las flores, las frutas no son un tema menor, por eso no se acabó la fotografía del desnudo. En lo más traginado está la revelación de la obra. El pintor Abullarach ha trabajado toda la vida sobre el arco superciliar y allí hay un universo, una totalidad.
—¿Es una deliciosa perversión pintar ángeles con forma de travestis?
—Yo soy un hombre de la noche, un pintor lunar; siento que la noche me atrapa mientras pinto y lo hago en forma com-pulsiva hasta ver estrellas verdes en el lienzo; por eso no soporto la cama para el ocio. Yo sola-mente la utilizo para soñar o para otro tipo de compromisos intensos que no tienen nada que ver con perder el tiempo.
—¿Cree que existe una estrecha correspondencia entre todas las artes?
—Para mí Kandinsky pintaba música, esto como ejemplo para reflexionar sobre los vasos comunicantes que existen entre todas las artes. La pintura vive y está en la poesía; la poesía está en la música y así sucesivamente. Aunque en la vida he tomado un camino del cual es difícil salirse, de pronto algo me ilumina y escribo. Tengo un libro de poesía que se titula A los ángeles digo que Omar Rayo quiere publicar en su colección de Roldanillo.
—¿Siempre estuvo obsesionado por los ángeles?
—Sí, hasta que se pusieron de moda. Por otra parte yo detesto las aves, nunca las como. Los únicos seres voladores que me gustan son los ángeles...
En su estudio rodeado de ventanales, Loochkartt nos va mostrando cuadro por cuadro la serie de las mujeres etruscas. Nos habla de la decisión de su forma ovalada para semejar el espejo. Nos dice que la pintura no debe ser simplemente imagen en el espacio sino en el tiempo. Que es posible que una doncella etrusca se hubiera contemplado hace más de dos mil años como en sus óleos. El piso traquea. Observamos el antiguo caballete donde a diario Loochkartt plasma sus fantasmas. Vemos en un cofre centenares de corchos de botellas de vino, tapas de óleos e innumerables tubos de pintura desocupados con los cuales se propone hacer una colorida instalación.
—Escucho música mientras pinto. A veces afino mi imaginación con Celia Cruz, Totó la Momposina o con Chopin... quien a propósito cuando invitaba a sus amigos a casa los deleitaba con una o dos de sus composiciones y luego bebía hasta claudicar. Entonces George Sand lo llevaba a su habitación y lo desnudaba para asediarlo dos o tres veces en la noche.. Y este genio delicado no podía recobrarse al componer sus Polonesas para enfrentar a la amazona. Me gustaría pintar alguna de sus Polonesas... Pero sin la Sand... Algún día hallaré la forma...
Aprender a mirar
—Percibir es observar dentro de uno lo que se está mirando. Hay que tener un acto de religiosidad hacia aquello que escapa de la racionalidad del hombre, para poder comprender un dios, una borrasca o una tempestad... Las aguas desbordadas y todo lo que sale de la naturaleza con sus fuerzas interiores es inexplicable; por eso me encanta Cristo que fue el primero que soñó y asumió salvar a la humanidad. La locura debe ayudar al hombre, él quiso demostrarlo. Una vez pinté un Cristo y se lo regalé a unos ateos para ver que pasaba. La religiosidad es un tema que me apasiona. Además aprecio muchas obras que surgieron a la sombra del cristianismo, la gran arquitectura que tenemos en nuestras iglesias, los grandes poetas, por ejemplo sor Juana Inés; toda la pintura del renacimiento: Leonardo, Miguel Angel, allí es el ser místico quien trasciende y la deidad es la posibilidad de sentir el paraíso.
—¿Aún piensa que la religión puede salvar al hombre, cuando en estos países subdesarrollados lo ha condenado más?
—Aquí en Colombia el delirio nunca es mágico o dulce, parece ser siempre funesto, y las buenas intenciones terminan forjando algo peor que lo establecido. Todo cambio verdadero requiere de una visión poética, artística, para que permanezca. En nuestro país han pasado cosas muy graves. Los jueces sin rostro son macabros, la justicia que debe tener cara para juzgar no existe o siempre se vuelve invisible. Yo por mi parte quiero una muerte en la que me pueda llevar el cuerpo, en la que pueda ver y oler y tocar... Pero ahora no hablemos de eso, mejor démosle la palabra a la vida, a la noche.
Cuando Angel Loochkartt era profesor de la facultad de Artes de la Universidad Nacional, sus apreciaciones estéticas eran siempre controvertidas, no sólo por su actitud frente a su oficio libre, o sus búsquedas pictóricas inquietantes, sino también por su discurso de respuesta frente a los asiduos cierres de la Universidad.
Cuenta cómo durante un cierre de la Universidad declaró aula a la Plaza de Bolívar para continuar el programa con sus estudian-tes; se citaban allí a las 6 a.m. a observar al barren-dero que pasaba, a las 7 al obispo, a las 8 a las bellas secretarias, a las 9 a los funcionarios, a las 10 a los lagartos, a las 11 a los lagartos, y a las 12 a los lagartos que salían a almorzar... Todo hay que fotografiarlo, les decía a sus estudiantes, la apreciación del ojo es definitiva para conocer el mundo e inventar la obra. O se dedicaba a llevarlos a teatro, a cine, o los paseaba por los barrios surorientales para que aprendieran a mirar: a pintar; y así se aproximaran más a esta desgarradora realidad. En otra ocasión viajaron a Tierradentro y extraviados fatigaron la cordillera durante 36 horas de camino. Y no faltó el día que se desnudó y saltó con sus estudiantes a las frías aguas de la laguna de Guatavita durante una clase de color, ante la mirada atónita de algunos colegas ortodoxos que hacían parte del grupo.
Los espejos etruscos
—Esta es una ciudad apabullada, por eso uno se va reduciendo, se va aislando y sólo puede disfrutar de ciertos espacios para hablar con los amigos. Cuando se bebe alcohol, o se consume coca, láudano o yagé, se hace para sentirse bien y según el efecto se habla o se calla, pero siempre se hace para conocerse, ser mejor, no para alcanzar una locura estéril, sino para dialogar con los dioses. Estas experiencias no deben manifestar las cosas reprimidas, sino llevarnos a vivir un acto florido, el magnetismo de compartir, de halagarse, de disfrutar. Un hombre debe ser lo que es hasta en lo más profundo de su inconsciente. Allí está la esencia pura del hombre.
Loochkartt sentado en una sillita sintoniza una pequeña grabadora mientras dice que las emisoras de música clásica son afónicas. Luego explica su pintura:
—Estos cuadros surgen de la exploración de la cultura Etrusca del siglo V de Pericles. En esa época aparecieron una serie de emigraciones de colonias griegas hacia el occidente de Italia donde se instalaron. Esta era una cultura de la mujer, en verdad matriarcal... Y es lo que he pintado. Quiero jugar a presentar lo que ellas veían en los espejos... En esta serie de mujeres el espectador ve algunas escenas de las damas etruscas atrapadas en su imagen, por eso cambié el formato de los cuadros hacia una forma circular, y los enmarcaré con un mango que simule un verdadero espejo.
—¿Está de acuerdo con ese personaje del cuento de Borges que dice: la cópula y los espejos son abominables porque reproducen el número de los hombres?
—No, porque ensimismarse en la cópula y en los espejos permite ver todas las dimensiones del Ser y causa asombro. Yo tenía una alumna que se llamaba Helena, era una mujer hermosa que poseía una melena de leona, y siempre llegaba a clase llorando; un día le dije: Si sigues así me vas a matar ¿por qué no vas a tu casa, te desnudas y te miras en un espejo del tamaño de tu cuerpo, te contemplas y te descubres, para que entiendas la importancia del ser que eres? Ella lo hizo. Y desde entonces comprendió que allí estaba la curación. Recuerdo que cuando era niño leía todos los comics, y Mandrake al ser asediado por Narda, se metía en el espejo y desaparecía. ¡Qué maravillosos son los espejos!
De nuevo nos conduce hacia el primer piso por esas estrechas escaleras de madera espiraladas, donde entre caballetes vimos canastos con frutas secas, flores marchitas, bodegones con sandías de carne y peces alucinados, cuadros de Conguitos del Carnaval de Barranquilla y el pequeño lienzo de una prosti titulado: Pepita coqueteando.
—Una cosa que me molesta —divaga—, es esa prepotencia de la persona que cree que es culta y muy inteligente; este hecho lo he soportado en algunas ocasiones, y por tanto cuando me presentan prefiero decir: Yo soy Angel Loochkartt y soy bruto, el más idiota; en mi casa los inteligentes son mis perros.
Ya de nuevo en la sala principal, escuchando la música de Jorge Negrete y acompañados con una pequeña y hermosa guitarra que el pintor tañía con destreza, nos dedicamos a cantar, a hablar de los colores que lo perseguían, a comentar ciertas piezas musicales —pues si no hubiera sido pintor habría sido serenatero, pero el mejor, comenta— y seguimos libando, disfrutando la noche y hablando del amor hasta el cansancio.
Más tarde al despedirnos reflexiona:
—Cuando nos volvamos a encontrar, que ojalá no se sienta la ausencia. Recuerdo que un día el maestro Jorge Elías Triana desapareció de su casa por 15 años y como si hubiera partido el día anterior, retornó un mediodía diciendo: ¿Hola cómo les va? ¿Ya está el almuerzo?
Bajamos caminando por la noche bulliciosa de la Candelaria. Recordando momentos que escribiríamos de la entrevista, evocando fragmentos de esa comunión con lo humano, festejando los hallazgos de su obra pictórica y pensando que un verdadero ritual puede poner en entredicho al tiempo.
Y hoy dos años después de esta inolvidable visita llegamos a su casa como si los relojes se hubiesen detenido. Nos abre la puerta la misma mujer lánguida, corretean los perros, luego llega Ángel como descendiendo de sus óleos y celebra efusivamente nuestra aparición. Y nosotros como si nos hubiéramos visto ayer, preguntamos con felicidad por el almuerzo.
—Pintor es aquel que destruye el color blanco... —dice invitándonos a la sala mientras pide que nos traigan uvas, y exaltado agrega—: ¿Nunca les conté cuando en Roma con un grupo de pintores ebrios le dábamos serenata al Papa y nos bañábamos desnudos en la Fontana de Trevi? ¡Sólo el artista vuelve de la locura con sus hallazgos, sólo él puede encontrar en las tinieblas!
Bogotá, agosto de 1998
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